Diario Electrónico de Mejillones

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Las verdades que no se dicen...

Miércoles 18 de octubre de 2017

Cultura

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Raquel Rojas, Ana Baltra y Nelly Sotomayor, las tres damas de esa primera generación 1977.

A 40 años del primer egreso del

Liceo de Mejillones

Fue un viernes. Era 16 de diciembre de 1977 y un grupo de 12 jóvenes caminaba por el pasillo central de un Teatro “Alianza” con no mucha gente. Nueve hombres y tres mujeres. Llevaban una banda cruzada en su pecho y los varones iban bromeando. Sonó la canción “Llegó la hora de decir adiós...”. Era la primera generación de enseñanza media egresada en Mejillones. Llevaban en su corazón una satisfacción grande: después de un proceso sacrificadísimo, sentían que Mejillones por fin tenía Liceo.

El proceso se había iniciado en 1973, con una generación que naufragó el 75, cuando no les alcanzó la matrícula para crear un tercero. La generación graduada ingresó en 1974. Fue el segundo primero, el segundo segundo, el primer tercero y el primer cuarto medio.

La creación de un liceo era una de las necesidades más sentidas en Mejillones. En 1973 existían cuatro escuelas básicas: la 19, la 20, la 21 y la 26 y sólo se podía llegar hasta octavo. De allí Antofagasta o a trabajar.

Hubo muchos precursores pero mencionaré sólo a dos, que encarnaron esta inmensa cruzada. La primera, la señora Julia Herrera Varas,  directora de la Escuela 21, quien facilitó salas del establecimiento a su cargo, usó sus influencias con las autoridades educacionales de Antofagasta y por último, colocó a su propio hijo (Reinaldo Rojas) en ese primer año medio. El segundo: el profesor Julio Valdivia, quien hizo de coordinador entre el Liceo de Niñas de Antofagasta y la Escuela 21, armando el primer equipo pedagógico.

CURSOS ANEXOS

Es necesario resaltar que este primer grupo de profesores estaba integrado por profesionales muy jóvenes y llenos de vocación. Con respecto a los alumnos, no teníamos nada. La figura legal era “Cursos anexos del Liceo de Niñas”. No había recinto, tampoco inmobiliario. Debíamos adaptarnos a los horarios y los escritorios de los cursos básicos. Los estantes con materiales quedaban con llaves y nuestros profesores llevaban tizas en los bolsillos. Algunos de los varones ya andábamos cerca del metro ochenta y no era poco frecuente que algunos bancos quedaran sobre las piernas sin tocar el piso.

A pesar de las paupérrimas condiciones con que afrontábamos el desafío, la alegría fue el sello de ese proceso. Una alegría desbordante. Que ocultaba muchas veces una realidad dura. Por ejemplo la de aquel profesor que solía bromear con sus alumnos. Andaba siempre con un maletín. Un día los pesados –para vengarse- aprovecharon un descuido y le abrieron el maletín. Con grandes carcajadas descubrieron un gran sandwich, un despertador de esos antiguos, a cuerda y con grandes campanilla y una palmatoria con una vela. El profe, de burlador pasó a burlado y asumió con una amplia sonrisa. Un par de semana después nuestro presidente de curso: José Baltra, nos contó por qué esos utensilios.

“El profe no se va a Antofagasta. No alcanza. Hace clases en el liceo nocturno. Se mete en un vagón del ferrocarril, prende la vela, revisa pruebas, come su sandwich y coloca el despertador para llegar a hacernos clases”. El lo había seguido nada más por bromear y había chocado con  esa realidad. Bien. Ese mismo profesor en más de alguna ocasión había cerrado la puerta de la sala para cantarnos un tango.

LOS PRIMEROS EGRESADOS

Aquel viernes 16 de diciembre de 1977 se pasó por última vez la lista: Miguel Avalos Chacana, José Baltra Cerda, Ana Baltra García, Ernesto Cepeda Morgado, Adán Gómez Tapia, José González Campos, Daniel Nuñez Guerrero, Patricio Rivera Gamboa, Raquel Rojas Rojas, Wilfredo Santoro Cerda, Manuel Sotomayor Cárdenas y Nelly Sotomayor Cárdenas.

A mediados de la década del 90 nos volvimos a reunir. Todavía estábamos todos. Nos juntamos, compramos un regalo y lo vinimos a dejar al establecimiento, que aún funcionaba en Casa de Máquinas.

Posteriormente el 2010 nos habría de dejar Ernesto Cepeda, el “Tito”. Lo había visto unos meses atrás. Había estrechado su mano cubierta con un guante blanco, ya que había participado en una representación. El irradiaba alegría. Todavía no encuentro una explicación.

Cinco años después, el 2015, partiría nuestro presidente de curso, José Baltra Cerda. Lo hallé pocos días antes en el Terminal de Megatur. Nos fundimos en un abrazo, como si supiéramos que nos estábamos despidiendo.

Esta fue la tarjeta de

Licenciatura de aquella

primera generación de 1977.

 Se puede leer claramente

 que ya tiene las iniciales

 del Liceo de Mejillones.

Este 16 de diciembre se cumplen 40 años desde que la primera generación mejillonina egresó de un cuarto medio local diurno. Hemos decidido reunirnos ese día en Mejillones, ir a almorzar juntos y eventualmente, visitar ese establecimiento que ni  siquiera en nuestros más optimistas sueños pensaríamos que llegaría a ser.

Porque aquella tarde, con un anillo de oro en el anular, una pluma fuente en el bolsillo y una sonrisa en el rostro, salimos al exterior del Alianza. Con nostalgia miramos el Manuel Prado y luego nos fuimos a un block recién refaccionado, donde ya funcionaba nuestra  Biblioteca “Andrés Sabella”. No hubo ninguna fotografía en el Alianza.

El anillo de oro con las iniciales LDM, Liceo Diurno de Mejillones. Una esperanza que nacía con el egreso de nuestra primera generación, en 1977. Esta reliquia es propiedad de José González, integrante de aquel legendario curso.

Salimos con una esperanza, porque un tercio de nosotros había quedado en la universidad y uno de ellos (que no mencionaré), entre los mejores puntajes regionales. Eso hizo que la Directora del Liceo de Niñas, Rebeca Osega Sáez tuviese que desplazarse hasta Mejillones.

Bien. Al año siguente, el 78, los Cursos Anexos del Liceo de Niñas se convirtieron en el Liceo C-18 y ocuparon el block donde celebramos nuestra licenciatura, aledaño a la Escuela 21, en el campamento del FCAB. El 82 se trasladaron al edificio de la ex Escuela 20 (luego demolido para levantar la actual Escuela "María Angélica Elizondo"). En 1988 el Liceo recibió un local especialmente construido, en el sector Casa de Máquinas. El 2004 recibió otro –más grande- en avenida Serrano, sumó enseñanza básica a la técnica que ya impartía y ahora tiene más de mil alumnos, de más de 6 nacionalidades...

Esta fue la pluma que recibió cada uno de los egresados.